En una sociedad democrática el aula es un espacio social que supone un contrato o acuerdo voluntario entre educando y educadores, organizado con el propósito de desplegar las actividades de enseñar y aprender con relación a unos determinados objetivos y contenido de estudio para lograr ciertos objetivos. Pero como enseñar es suscitar aprendizaje, entonces el aula es fundamentalmente un espacio de aprendizaje. La racionalidad práctica (el que quiere los fines debe querer los medio conducentes a los mismos) dicta que educando y educadores debemos crear en el aula todas las condiciones y utilizar todos los medios que promuevan y faciliten los aprendizajes esperados. Esto deben dialogarlo para tenerlo claro y asumirlo tanto los educandos como los educadores desde el primer día de clase. El dialogo y la deliberación deben dar lugar a una serie de reglas consensuadas sobre qué se debe y qué no se debe hacer en el aula para facilitar y no obstaculizar el aprendizaje.
Es en este contexto democrático dialógico y deliberativo que se debe plantear el tema del uso del celular en el aula: ¿Facilita u obstaculiza el uso del celular el aprendizaje?
Mi experiencia es que de este dialogo emerge una respuesta consensuada: Depende del uso que hagamos del mismo. El problema no es el celular sino el uso que hacemos del mismo en el aula. Si lo usamos para llevar a cabo actividades relacionadas con los objetivos y contenido, el aprendizaje se facilita y potencia porque se vincula lo escolar a la vida de los educandos, a sus necesidades, intereses y capacidades. Por ejemplo, aprender a escribir “texteando o chateando”; aprender geografía en Google Maps; aprender a investigar usando internet; desarrollar sensibilidad estética diseñando una página Web, etc. De lo que se trata entonces es de consensuar reglas de uso y adoptar medidas de autocontrol y control del celular en el aula para facilitar y potenciar el aprendizaje de los educandos.
Ángel R. Villarini Jusino